Toluca, EdoMéx.- La Ciudad de Toluca se ha vuelto el lugar que recibe cada año la Feria del Alfeñique, y es de la tradición popular la visita de turistas y aquellas almas gustosas por el dulce. Francisco de la Rosa, es aquel artesano que entre temor y la necesidad de trabajar tuvo que mandar una carta para solicitar el permiso de hacer un dulce.
No muchos lo sabemos, pero el “Alfeñique” es una palabra que suena a mucha tradición, pero que tiene su raíz en el árabe al nombrarse “al-fanido alefiñac”, que significa pasta dulce o dulce delicado. Por supuesto, este dulce sería la técnica que los árabes llevaron a España, que al paso del tiempo los españoles intridujeron a México durante la Colonia.
Lo enriquecedor y mítico de lo que ahora llamamos alfeñique, trae consigo una carga de época prehispanica donde los indígenas ya hacían figuras de amaranto y miel de abeja como parte de sus rituales dedicados a los muertos, y sí, aunque suene imposible, al prohinirse el amaranto por los españoles, la tradición se adaptó y se unió con el alfeñique europeo hecho de azúcar de caña.
Ya tan solo con esto, sabemos que aquellas manos de artesanos, siempre han buscado no desistir y enfretarse al cambio, siempre siempre, con el alma entregada a no dejar morir sus raíces. ¡Qué bonito hablar de este México! El México de los artesanos de dulce, donde la tradición encontró su hogar principal en Toluca, Estado de México.

El mito del guardía del azúcar
El registro más antiguo data de 1630, cuando un artesano llamado Francisco de la Rosa pidió permiso a la Corona Española para fabricar este dulce. Lo que la gente cuenta, refieren que Francisco de la Rosa, un hábil artesano almacenero de piloncillo y azúcar motivado por la necesidad económica como por el temor, tomó una pluma y redacto una carta direcamente a la corona española. ¿Su petición? Un permiso oficial para elaborar y vender dulce, pero un dulce único, con azúcar refinada, huevo, limón y chautle (una raíz local) en su taller de la Calle Real, hoy la avenida Independiencia.
Este acto no solo marcó el nacimiento formal de la tradición más dulce de Toluca, sino que dio origen al primer gran mito del alfeñique toluqueño.
La cuestión va más alla de un mito porque tan solo imaginate llegar con una carta y tener que convencer a la Corona de esto: Una receta heredada de la tradición árabe traída por los españoles, y al cruzarse con las fechas en que los indígenas solían honrar a sus muertos con figuras de amaranto, desde luego que todo era sospechoso, y por eso las autoridades eclesiásticas lo catalogaron como un pecado pagano.
Se dice que Francisco, señalado por algunos rumores como un judío sefardí (expulsado), solicitó el permiso real para evitar ser acusado de “judaizante” y terminar en la hoguera del Santo Oficio. Una vez con el sello de la Corona en sus manos, el alfeñique pudo tomar las calles de Toluca libremente. Aunque historiadores debaten hoy en día qué tanto de esto es realidad y qué tanto es leyenda, el relato quedó esculpido para siempre en el imaginario colectivo.
El dulce “corazón” de la muerte
A partir de ese permiso, el alfeñique comenzó a transformarse en las manos de los artesanos toluqueños, adoptando significados mágicos que hoy llenan la famosa Feria del Alfeñique en los Portales de Toluca.
Vaya manera de celebrar a la muerte que en fechas de Día de Muertos, hasta parece que su corazón esta hecho de azúcar y por ello abrazamos con fiesta, sabores y colores esta magestuosa, pero catalogada como una irreverente tradición al celebrar la muerte; con fiesta, con baile, con llanto por el rencuentro con quiénes ya no estan en cuerpo presente.
Por cierto, las primeras figuras moldeadas en Toluca no fueron calaveras, sino pequeños borregos de azúcar. La leyenda local cuenta que los indígenas los elaboraban como un símbolo de gratitud religiosa y sustitución de sacrificios antiguos. Eran animales de azúcar “con alma” para guiar a los espíritus más jóvenes.
Hoy, siglos después de aquella carta de Francisco de la Rosa, los talleres familiares de Toluca siguen preparando la pasta manual en frío exactamente de la misma manera. El alfeñique ya no se oculta de la Inquisición, pero mantiene intacto su misticismo: cada figura de azúcar sigue siendo un puente efímero entre los vivos, los muertos y las leyendas que fundaron la capital mexiquense.

La tradición de regalar una calavera
Existe la creencia de que regalar una calavera de azúcar con el nombre de un ser querido vivo no es un augurio de muerte, sino un pacto místico de protección. Al comerse el dulce, se absorbe la inmortalidad del afecto, uniendo las almas de ambos en este mundo y en el más allá.
Desde el más allá, Francisco de la Rosa es posiblemente entre mitos y leyendas, el artesano del dulce de día de muertos. Valió la pena su riesgo, su carta, su necesidad de trabajar como todos los mexicanos que se la rifan todos los días.
Disfrutemos el dulce de alfeñique, y no dejemos morir esta petición de Francisco que hoy es nuestra Tradición, la que pone a Toluca en los ojos del mundo y que, más allá del origen, hoy tiene una carga emotiva y mítica que une a dos mundos, el de los vivos y el de los que viene cada año a reocntrarse con nosotros.
Simón Alberti.

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